Los extremos ganaron, el centro desapareció y quince millones de colombianos siguieron sin aparecer. Una lectura sobre el país que se está gestando más allá del resultado.

Ilustración: Colombia partida en tres.
Hay un dato que ningún titular está poniendo en primera línea, y conviene empezar por ahí: en la primera vuelta de mayo, 17,5 millones de colombianos no fueron a votar, prácticamente los mismos que se abstuvieron en 2022. La diferencia entre una elección y la otra, en términos absolutos, fue de apenas diez mil personas, en un país con un censo de 41 millones de electores.
La participación récord del 21 de junio, que llegó al 63,42 % y dejó la abstención más baja del siglo, no significa que Colombia se haya despertado, sino que el censo electoral creció en más de dos millones de votantes nuevos y la mayoría de ellos sí votó. A los quince millones que siguen afuera de las urnas no los movió ni el miedo ni la esperanza, ni el «milagro» prometido por De la Espriella ni la «resistencia» anunciada por Cepeda.
Y sin embargo, quienes sí votaron lo hicieron como pocas veces. Más de 26 millones de personas se acercaron a una urna en una segunda vuelta que se decidió por 250.830 votos, menos del uno por ciento de diferencia entre Abelardo de la Espriella, con 49,66 %, e Iván Cepeda, con 48,70 %. Es, en términos estadísticos, un empate técnico convertido en mandato presidencial.
Eso obliga a empezar el análisis por una incomodidad: la polarización no es la enfermedad de la democracia colombiana. Es el único motor que sabe encenderla.
El verdadero ganador de esta elección fueron los extremos
Aquí hay que decir algo que el lenguaje de la «victoria ajustada» tiende a tapar: en esta elección no perdió la izquierda y ganó la derecha. Lo que pasó fue mucho más interesante, y más preocupante. Los extremos ganaron, los dos, simultáneamente, y el espacio del medio terminó de evaporarse.
La izquierda no fue derrotada. La izquierda creció. Cepeda obtuvo casi 12,7 millones de votos, una cifra que cualquier proyecto progresista anterior en Colombia habría considerado imposible hace apenas una década, y lo hizo en medio del desgaste de un gobierno que llegó prometiendo cambio y entregó tensión institucional permanente. Esa votación no es la de un perdedor convencional, sino la de una fuerza política que se está consolidando como bloque histórico, con bancada robusta en el Congreso, presencia en las grandes capitales y una estructura organizativa que ya no depende de un solo líder. La izquierda colombiana sale de esta elección como oposición seria, con músculo electoral, capacidad de movilización y, por primera vez en su historia, una idea propia de gobierno reciente que defender y desde la cual disputar.
La derecha, por su parte, no solo ganó, sino que se transformó. El uribismo tradicional fue desplazado por una versión más dura, más estética, más global, más alineada con la nueva derecha internacional de Trump, Milei, Bukele, Netanyahu y Machado. De la Espriella no representa una continuidad del Centro Democrático, sino una mutación, un paso hacia una derecha que ya no se conforma con administrar el orden sino que promete refundarlo. Su programa propone reducir el Estado en un 40 %, eliminar cerca de 700.000 cargos públicos, pasar de 19 a 10 ministerios, construir siete megacárceles, lanzar un «Plan Colombia II» con cooperación de Estados Unidos e Israel, reactivar el fracking, retomar la fumigación aérea con glifosato y emitir más de 90 decretos el mismo día de su posesión. Eso no es mano dura como eslogan, sino un programa de choque institucional.
Lo importante no es solo que ganaron los dos. Lo importante es quién perdió. Perdió el centro, perdió Fajardo, perdió la tradición liberal que durante décadas funcionó como amortiguador del país, perdió la idea de que las reformas se cocinan a fuego lento y por consenso. Esta elección no produjo un ganador y un perdedor. Produjo dos bloques fortalecidos en sus extremos y un vacío gigantesco en el medio, y ese vacío es político, cultural y emocional al mismo tiempo.
¿Y los quince millones que no aparecen?
La pregunta más incómoda viene aquí, y conviene formularla sin adornos: si los extremos ganaron, ¿qué significa que un tercio del país no haya votado? La respuesta cómoda es que son apáticos, desinformados o indiferentes, pero esa respuesta dice más de la pereza analítica de quien la ofrece que de los ausentes mismos.
Hay otra hipótesis, mucho más inquietante, que vale la pena poner sobre la mesa: quizá no votaron porque nadie los representa. Quizá esos quince millones no son ciudadanos rotos, sino ciudadanos sin oferta. Quizá miran el menú político y no encuentran nada parecido a su vida, a sus prioridades, a su forma de entender el país. Quizá no están afuera por desinterés, sino por orfandad.
Porque si los extremos son las dos opciones reales y el centro desapareció, entonces a quien no se reconoce ni en la épica de salvación de la derecha ni en la épica de transformación de la izquierda, no le queda mucho a dónde ir. No tiene un proyecto que recoja sus matices, ni un líder que lo nombre, ni un relato donde quepa. Y cuando la única forma de existir políticamente es escogiendo bando, mucha gente decide no existir.
Eso no es indiferencia. Es una forma silenciosa de protesta, o peor, una forma silenciosa de desconexión. Y aquí surge la pregunta editorial que organiza toda esta elección, la que vale la pena dejar planteada: ¿el futuro de Colombia está en los ciudadanos que rechazan propuestas, o en los ciudadanos que se radicalizan por supervivencia?
Esa pregunta no es retórica. Tiene consecuencias prácticas. Si el futuro está en los que rechazan, entonces el país que viene va a ser uno donde gobernar sea casi imposible, porque cualquier reforma se va a tramitar contra la mitad permanente que vota en contra. Si el futuro está en los que se radicalizan por supervivencia, porque la inseguridad, la informalidad, la inflación o la sensación de abandono los empujan hacia el discurso que prometa orden o el que prometa cambio sin matices, entonces lo que viene es un país donde la moderación ya no será una virtud, sino un lujo que casi nadie podrá permitirse.
Las dos respuestas son malas. Y las dos son, en parte, verdaderas.
Una mitad activada, otra ausente, una tercera invisible
Colombia no se partió en dos, sino en tres. Hay una mitad que votó por De la Espriella, otra mitad que votó por Cepeda y un tercio entero del censo que no apareció, y cualquier conversación que ignore a ese tercio se queda en el ruido de la superficie.
Quienes sí votaron lo hicieron desde lugares geográfica y emocionalmente distintos. De la Espriella ganó con holgura en Medellín, donde sacó 819.285 votos frente a 421.839 de su rival, además de imponerse en Antioquia, Santander y los llanos. Cepeda, por su parte, ganó en Bogotá, Cali y Barranquilla. La diáspora colombiana en Estados Unidos votó por el candidato de derecha en una proporción de 65 a 35 por ciento, una brecha que el politólogo Yann Basset, de la Universidad del Rosario, atribuye al perfil empresarial de buena parte de ese electorado.
Lo que el mapa cuenta no es solo ideología, sino geografía emocional: las capitales votaron continuidad, las regiones votaron ruptura y el exterior votó por orden. Los millones que no votaron, mientras tanto, están diciendo algo que la euforia electoral no quiere oír, y es que para una parte enorme del país ninguna de las dos ofertas tocó nada.
Lo que esta elección revela de cómo nos vemos
Más allá del resultado, lo que esta segunda vuelta dejó al descubierto es cómo Colombia se mira a sí misma cuando le toca decidir hacia dónde va, y esa mirada cambió.
Durante años, el imaginario nacional se sostuvo en una promesa más o menos compartida, la idea de que el país avanzaba lentamente hacia un centro institucional donde cabían los matices y los acuerdos. Esa promesa se rompió hace tiempo, pero esta elección la enterró formalmente. Ya no hay centro reconocible, ni una narrativa común sobre qué es Colombia o qué debería ser, y en su lugar conviven dos relatos paralelos que no se hablan entre sí.
Para una mitad del país, Colombia es un Estado capturado por la corrupción, la informalidad y la violencia, que necesita un líder fuerte capaz de imponer orden con autoridad, mano dura y reglas claras. Esa mitad mira hacia afuera y se reconoce en Bukele, en Milei, en Trump, en una estética de salvación nacional donde la patria está siempre al borde del abismo y solo un golpe de timón puede rescatarla. Para la otra mitad, Colombia es un país de heridas históricas, desigualdades profundas y deudas pendientes con las víctimas, los territorios olvidados y los excluidos, y ese país necesita protección del Estado, ampliación de derechos y reformas estructurales que reordenen el poder. Esa mitad mira hacia adentro y se reconoce en las luchas sociales acumuladas desde finales de los años noventa, en el lenguaje de los derechos humanos y en una idea de justicia que pasa por reparar.
Ninguno de los dos relatos es completamente falso, pero ambos son parciales, y operan menos como diagnósticos que como identidades. La consecuencia es que el desacuerdo dejó de ser sobre políticas concretas para volverse sobre quién es el otro, qué representa y qué se merece. Cuando la conversación pública se convierte en una disputa de identidades, las elecciones dejan de ser un mecanismo de decisión colectiva y empiezan a funcionar como rituales de afirmación tribal.
Eso tiene un costo cultural enorme, porque produce ciudadanos entrenados en el rechazo más que en la deliberación, acostumbrados a votar contra alguien antes que a favor de algo, y cómodos en una conversación donde el matiz se castiga y la lealtad se premia. Y produce, también, ese vacío silencioso del que no se habla: los millones que no caben en ninguna tribu.
Dos campañas que entendieron la rabia, no el país
A De la Espriella se le subestimó durante meses. Llegó con el apoyo público de Donald Trump y de la congresista María Elvira Salazar, y después de la primera vuelta sumó los respaldos de Álvaro Uribe y Paloma Valencia, mientras construía un personaje propio, «El Tigre», con lenguaje de batalla, promesa de rescate y una estética de salvación nacional cuidadosamente diseñada. Su programa, llamado «El Milagro de los Nunca», no es difuso, sino bastante explícito en lo que ya describimos arriba.
Cepeda, por su parte, no perdió porque su campaña haya sido débil, sino porque heredó el desgaste de un gobierno que prometió cambio y entregó tensión institucional permanente. Aun así, sacó casi 12,7 millones de votos, lo que confirma que la izquierda colombiana, marginal y a menudo perseguida durante décadas, queda con una bancada robusta en el Congreso y con más del 48 % del país detrás. El proyecto progresista no se cayó con Petro. Se atrincheró.
Lo más revelador es que ambas campañas hicieron lo mismo en direcciones opuestas, porque las dos movilizaron desde el miedo al otro. De la Espriella vendió el miedo a Venezuela, Cepeda vendió el miedo a Bukele, y ambos vendieron el miedo a perder algo. El problema es que cuando la única emoción que escala una campaña es el rechazo, el ganador no recibe confianza sino un permiso condicionado, y ese matiz va a marcar los próximos cuatro años más que cualquier discurso de unidad pronunciado desde una tarima.
El día después: tres focos de tensión
El resultado no está cerrado del todo. Cepeda reconoció el preconteo «como un dato no oficial ni vinculante» y anunció que su equipo ha presentado 57.189 reclamaciones ante el escrutinio, mientras que el presidente Petro fue más lejos al no reconocer el resultado, sugerir irregularidades en los formularios E-14 sin firma de jurados y posicionarse desde ya como narrador alternativo del proceso. El escrutinio nacional debe cerrar a más tardar el jueves 25 de junio.
Esto importa por tres razones que conviene nombrar con claridad.
Primero, porque la transición de un gobierno de izquierda a uno de derecha radical sin un reconocimiento limpio del resultado es exactamente el escenario en el que se erosionan las instituciones electorales, no por fraude sino por sospecha permanente, y el precedente que se siembre estos días va a marcar cómo se reciben las elecciones de 2030.
Segundo, porque De la Espriella llega al poder con una agenda que no se puede aplicar sin Congreso, y ese Congreso tiene una bancada de izquierda de más de 12 millones de votos respirándole en la nuca, lo que vuelve casi inevitable un choque institucional cuyo tamaño aún no podemos medir.
Tercero, porque el país queda alineado hacia afuera, con un eje internacional que incluye a Trump, Netanyahu, Milei, Noboa, Bukele y Machado, y esa alineación no es ideológicamente neutra, ya que define cómo se va a tramitar el narcotráfico, la migración, la relación con Venezuela, los acuerdos con la JEP, la política energética y la postura frente a la Corte Penal Internacional. Colombia, en otras palabras, no acaba de cambiar de presidente. Acaba de cambiar de hemisferio diplomático.
Lo que esta elección sí confirma
Tres cosas, sin adornos.
La primera es que Colombia consolidó dos bloques políticos casi del mismo tamaño, profundamente desconfiados el uno del otro y sin un centro que los modere, y ambos salieron fortalecidos de esta elección, no debilitados.
La segunda es que la democracia electoral funcionó, ya que la gente votó, los resultados se procesaron, hay mecanismos de impugnación operando, y esa buena noticia conviene no perderla de vista cuando empiecen las teorías de fraude por ambos lados.
La tercera, y la más difícil, es que quince millones de colombianos siguen afuera, y la pregunta de por qué nadie los representa es la pregunta que ningún ganador va a hacer, porque hacerla implicaría reconocer que su victoria es, en realidad, la victoria de una porción del país sobre otra porción del país, mientras una tercera ni siquiera fue invitada al juego.
La conversación apenas empieza, pero no por donde parece
El reflejo editorial fácil sería pedir diálogo, llamar a la unidad y advertir sobre los riesgos de la polarización, pero todo eso ya está dicho hasta la saciedad en los discursos de ambos candidatos y en los editoriales del lunes, y repetirlo no añade nada.
La pregunta interesante es otra y tiene que ver con la cultura ciudadana que estamos construyendo en silencio. Qué tipo de democracia tiene Colombia si la única manera de movilizarse es el pánico mutuo, qué tipo de ciudadano se está formando cuando el rechazo organiza más que la propuesta y qué hacemos con esos millones que ya no encuentran lugar en ninguna oferta, ni en la épica de la derecha ni en la épica de la izquierda.
Una democracia no se mide solo el día de las elecciones sino en lo que pasa después, en cómo gana el que gana y cómo pierde el que pierde, en si el sistema sobrevive intacto al desacuerdo. También se mide en algo más silencioso y más difícil de capturar, y es en qué porcentaje del país siente que la elección era suya, qué tan parecido al país real es el país que aparece en las urnas, y cuánta gente se reconoce en cualquiera de los relatos que se ofrecen para explicarla.
En Colombia, ese porcentaje está peligrosamente cerca de ser una minoría dentro de la minoría que votó. Y ahí está la pregunta de fondo, la que no va a caber en ningún boletín de la Registraduría ni en ningún discurso de posesión: si los extremos ganaron y el centro desapareció, ¿estamos construyendo un país de ciudadanos que escogen, o un país de ciudadanos que se atrincheran porque ya no les queda otra opción?

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